Mi temido y fascinante desierto
Los minerales recargados de esa energía explosiva subían desde las profundidades del desierto, subían como relámpagos eléctricos entre las rocas filosas, salinas y secas. Subían y conectaban con la gente. Las cargaban de una electricidad indescriptible, una electricidad que había que evacuarla rápida y vertiginosamente. Por eso que la gente ahí era ansiosamente extremista, deportista, alcohólica, política, drogadicta o artista. Adictos a la noche, al show, al rock, a las luces, al brillo o a la adrenalina cizañera del día.
A la brinca diaria con el taxista. La culpa la tenía la sal y esos minerales gastados.
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